Sobre la leche y la intolerancia a la lactosa.

Lo confieso, soy un intolerante sin remedio. Por suerte, lo mío no es ideológico, sólo padezco una condición genética algo molesta y de lo más común. Ya casi no puedo comer alegremente alimentos derivados de la leche y cuando cometo la imprudencia de “olvidarme” de este hecho, mi sistema digestivo me recuerda, de formas nada sutiles, que debo pagar un precio.

Hay gente que nace intolerante, y gente más tardía, como es mi caso.  Mi organismo está dejando de producir lactasa, que es la enzima que se encarga de romper la molécula de lactosa en dos partes: glucosa y galactosa, azúcares que el intestino delgado si puede absorber.  Sin embargo, debido a mi déficit de producción de lactasa no puedo procesar la lactosa como es debido y por tanto, soy incapaz de asimilarla. Y claro, las bacterias que viven en el interior mi intestino grueso se dan un banquete con ella y liberan ácidos orgánicos, grasas y agua, lo que significa para mí acidez, flatulencias y cagalera.

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